
Nadie muere por Ucrania (análisis de Enrique Santos Calderón)
Personas en todo el mundo han salido a manifestarse en favor de Ucrania
Sucedió lo impensable. Y hago mías las recientes palabras del secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres : “Me equivoqué, nunca imaginé que Rusia invadiría a Ucrania”.
Pero Vladimir Putin resultó más implacable de lo temido y su decisión no solo sacude al mundo sino que hace tambalear los cimientos de Europa de la posguerra, abriendo un sinfín de interrogantes. Entre otros, el de qué postura asumirá China, que firmó reciente declaración con Moscú rechazando imposiciones occidentales, pero que siempre ha defendido el principio de no intervención y de libre autodeterminación de los pueblos. En incómoda posición ha quedado.
Es cierto que durante siglos Ucrania fue parte esencial de la identidad de Rusia; que Kiev era considerada cuna de su cultura y baluarte de su fe ortodoxa (el autor de Archipiélago Gulag, el célebre disidente Solzhenitsyn, llamaba a los ucranianos los “pequeños rusos”) y que una cuarta parte de su población es esencialmente rusa. Nada de esto explica lo sucedido. Putin invocó la “desnazificación” de Ucrania como una de las justificaciones para atacar. La misma que utilizó en 2014 cuando también invadió, dizque para proteger a la minoría prorrusa del “exterminio a manos de fascistas ucranianos” cómplices de Occidente. Argumentos no solo rebuscados sino falsos.
La verdad es que la inmensa mayoría de Ucrania no quiere estar bajo la égida del Kremlin. Desde la Revolución Naranja de 2004 ha quedado en claro que prefiere ser una nación independiente y amiga de Occidente. Que ingrese a la OTAN es otra cosa, no necesariamente deseable, pues desataría la furia de Putin. Algo que hoy parece irrelevante en vista de que Moscú ya pateó el tablero.
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