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Poder

Relocos, papi, relocos

Hace dos semanas nadie podía calcular que un septuagenario tiktokero sería la fuerza definitiva en la primera vuelta presidencial. Rodolfo Hernández puede convertirse en la pesadilla de Gustavo Petro en la segunda vuelta como su competidor o como el fiel de la balanza.

Gustavo Petro como líder de las encuestas, dueño de la bancada más grande en el Congreso, con un cupo asegurado en la segunda vuelta y una posibilidad remota de ganar en primera; Fico Gutiérrez, antes posicionado como el hombre anti-Petro, terminando la carrera con un improbable rival que le respira en la nuca y que, en el último minuto, puede arrebatarle su discurso y su puesto en el balotaje; Rodolfo Hernández, un ingeniero mal hablado, casi octogenario, que de la nada empezó a crecer y logró, sin salir de su casa y a punta de madrazos en las redes sociales, conectarse con la gente y convertirse en el único candidato que podría derrotar a Petro en una contienda uno a uno; Sergio Fajardo descolgado en las encuestas, peleando en intención de voto con el margen de error, preocupado por no alcanzar el umbral de reposición, y dueño de una campaña en la que sus alfiles se mantienen por mera obligación jurídica cuando en realidad, por debajo de cuerda, ya se acomodaron en las toldas de otros candidatos.

Hasta hace algunos meses hubiera sido imposible, incluso para el más arriesgado analista político, predecir que la anterior sería la foto final del día de las elecciones presidenciales. Estos fueron los cuatro caballos que quedaron en el partidor al término de una campaña que, aunque floja en debates profundos y nutrida en espectáculo, ha sido una de las más interesantes del último tiempo.

La cancha quedó marcada el día del triunfo de Iván Duque hace cuatro años. Si bien Gustavo Petro había perdido la contienda, su derrota tenía un sabor a victoria. Era la primera vez que un aspirante de izquierda lograba colarse en la segunda vuelta de las presidenciales y, como si fuera poco, hacerse a un respaldo popular de más de ocho millones de votos. Petro aceptó a regañadientes la curul en el Senado a la que tenía derecho por la puesta en marcha del Estatuto de Oposición. Pero su ojos, más que en legislar y hacer control político, estaban puestos en la Casa de Nariño. La derrota frente al candidato del uribismo le dejó a Gustavo Petro más de una lección aprendida. Ese hombre, que siempre había combatido al establecimiento, entendió que era imposible ganar sin echarse al bolsillo a un sector de la clase política.

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