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Poder

Colombia partida

El nuevo presidente tendrá que reconstruir la unidad nacional. Colombia está dividida por un sectarismo que no se veía desde los años 50. ¿Cómo llegamos aquí y cómo saldremos?

Gane quien gane las elecciones de hoy tendrá una parte muy grande del país en contra. La votación de este domingo dejará inconforme a cerca de la mitad de los colombianos y el nuevo jefe de Estado deberá construir su gobernabilidad con una opinión adversa; un Congreso dividido, en el que ninguno de los dos finalistas tiene mayoría; una Fiscalía desprestigiada y politizada; unas Fuerzas Armadas deliberantes y una economía débil y a punto de empeorar.

Semejante cuadro es consecuencia de una aguda polarización, que empezó con el plebiscito por los acuerdos de paz en 2016 y se ha ido agravando por el deterioro de las condiciones de vida de buena parte de los colombianos y por la falta de liderazgo del presidente Iván Duque. La carrera por la presidencia dejó en evidencia que la moderación no es el mejor argumento electoral. Los candidatos del centro político real fueron los primeros eliminados. Su salida de la competencia antecedió al nocaut de los partidos tradicionales. El candidato que tenía el respaldo de los partidos Liberal, Conservador, de La U, buena parte de Cambio Radical, y del Centro Democrático, no pasó a la segunda vuelta. El hecho de que el país hoy elija entre un dirigente de izquierda como Gustavo Petro y un outsider, desconocido nacionalmente hasta hace unos meses, señala claramente una voz de protesta. El cansancio de los colombianos frente a lo que ha sido la política desde que Colombia existe como república.

La selección antitradicional es un mensaje que el establecimiento no debería pasar por alto. Sobre todo teniendo en cuenta los antecedentes latinoamericanos y lo que pasó en Colombia durante la protesta social. No es exagerado decir que esta puede ser la última oportunidad para oír pacíficamente a un electorado hastiado de la falta de representatividad de sus gobernantes. Por supuesto, este acomodamiento de placas tectónicas no resulta fácil para un país acostumbrado a relevar presidentes cada cuatro años sin que nada de fondo cambie.

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