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Poder

Justicia: un ministerio de reparto

Wilson Ruiz no fue la primera opción del gobierno para liderar la cartera. Su margen de maniobra fue mínimo y acolitó iniciativas inviables como la cadena perpetua. Al margen de sus buenas intenciones, su paso fue sin pena ni gloria.

Por: Juan Vásquez

Wilson Ruiz quería ser procurador, no ministro. O, por lo menos, eso parecía. En agosto de 2020, cuando el actual gobierno llegaba a la mitad de su periodo, Ruiz fue ternado por los magistrados de la Corte Suprema como el posible reemplazo del saliente procurador Fernando Carrillo. No era su primera vez en una terna, ya sabía lo que era estar candidatizado para la Contraloría, la Defensoría del Pueblo, el Consejo de Estado y el Consejo Superior de la Judicatura. Solo para este último salió elegido en 2012 aunque renunció tres años después. Pero lo particular de su empeño por llegar a la Procuraduría es que compartió terna con Margarita Cabello, quien todavía era ministra de Justicia cuando el presidente Iván Duque postuló su nombre. En esa elección se dio una movida que pocos veían venir.

El desenlace fue el siguiente: Cabello renunció a su cartera, el Congreso la eligió con una mayoría aplastante —Ruiz no cosechó un solo voto—, se erigió como la máxima cabeza del Ministerio Público y terminó ocupando su silla en el gabinete ministerial. Wilson Ruiz no fue sucesor de Carrillo, pero sí de su “contrincante” en el poder ejecutivo. “Unos vienen y otros van”, como reza la canción.

Luego de casi un mes de interinidad, el presidente oficializó su nombramiento en el ministerio. Fue el tercero en llegar a ese puesto después de Gloría María Borrero, quien inauguró el gobierno y duró los primeros nueves meses, y Cabello. Heredó, como todos sus antecesores, las problemáticas históricas del sector (congestión judicial, altos índices de impunidad, dificultades en el acceso y hacinamiento carcelario) y otras más coyunturales como la virtualidad obligada por la pandemia y los proyectos de ley abiertamente inconstitucionales que Duque se empeñó en impulsar. En sus manos estaba la posibilidad de devolver el vigor y protagonismo de otras épocas a una cartera que cada vez es menos relevante en el debate público y que no despierta interés por fuera de los colegios de abogados y las facultades de Derecho. Pero la tarea titánica que significa arreglar el sistema judicial, que con el paso de los años se ha convertido en un cúmulo de remiendos insuficientes, resultó siendo demasiado.

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