
Las zonas grises de la maquinaria amarilla
La crisis humanitaria en el Bajo Cauca ha puesto sobre el tapete la discusión acerca de hasta dónde llega la minería artesanal y dónde empieza la industrial para defender los intereses del pequeño minero.
Por: María Fitzgerald
Hace unos años, vivir de la pesca en el Bajo Cauca era posible. Bocachicos, cachamas, picudas y bagres saltaban a las redes casi sin tener que buscarlos. Hoy los pescadores solo se nutren de la subienda, que ya no dura cuatro meses, como antes, sino escasas semanas. Los más longevos habitantes de la región dicen que en los últimos 30 años la población de peces se ha reducido 70 por ciento.
Después llegó la coca, que desplazó la economía hacia la plantación ilegal de miles de hectáreas, tantas que en 2018 los cultivos ilegales en el Bajo Cauca cubrían casi 8.000 hectáreas. Hoy plantar coca ya no es lo mismo. Con el precio de la cocaína decreciendo rápidamente, y la sobreoferta de cultivos, la rentabilidad no alcanza para cubrir los gastos de vida. Por eso, la minería se ha convertido en la mejor opción para conseguir recursos en los últimos años.
Con el gramo de oro a un promedio de 250.000 pesos en el mercado, la minería –legal e ilegal– se ha desbocado, arrasando con 60.000 hectáreas de bosque solo en los últimos dos años.
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