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Poder

Exclusivo suscriptores: CAMBIO publica el capítulo del libro de Alejandro Gaviria que se ocupa de la personalidad y estilo de gobierno de Gustavo Petro

“En mi paso por el Gobierno fui testigo de la preocupación de Petro por los más desvalidos. No creo que fuera una impostura. Carecía de método y razonabilidad, estaba alimentada por un espíritu justiciero básico, narcisista incluso. Pero era innegable”.

Por: Alejandro Gaviria

Hubo un hecho puntual durante la campaña presidencial, ya al final, en las últimas semanas, que siempre me pareció revelador de una faceta genuina de la personalidad del presidente Petro. En el barrio La Aguacatala de Medellín –donde viví por algún tiempo en mi adolescencia–, un hombre increpó fuertemente a una barrendera de las Empresas Varias por llevar, en una caneca de basura, un afiche de los candidatos Petro y Francia Márquez. El agresor grabó el video y lo compartió en redes sociales, como una especie de denuncia, como si una persona no pudiera revelar o hacer públicas sus preferencias políticas.

El candidato Petro escribió un tuit indignado en el que decía, palabras más, palabras menos, que estaba dispuesto a todo, a dar incluso la vida, por defender la dignidad de los más humildes. Luego invitó a Kelly Garcés, la barrendera agraviada, a su posesión y la mencionó con nombre propio durante su discurso, una reivindicación pública, una exhibición de justicia simbólica. Todo esto tuvo mucho de teatro, por supuesto. La política es una puesta en escena permanente, una manipulación consciente de nuestras emociones morales, pero no era solo una forma oportunista de retórica. Había un elemento auténtico en la indignación de Petro, en su defensa histriónica de la barrendera.

Nunca me ha gustado la caracterización en exceso cínica de los políticos, la idea de que siempre están diciendo una cosa y pensando la contraria, como si fueran casi caricaturas maquiavélicas, incapaces de un pensamiento propio o un sentimiento real. Digo esto porque creo que el presidente Petro tiene una preocupación legítima por el bienestar de los más pobres, de los más jodidos de la sociedad; por los excluidos estructuralmente: los recicladores, los habitantes de calle, los barrenderos que esquivan carros e insultos en muchas de nuestras ciudades segregadas e inhóspitas.

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