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Álvaro Uribe, el presidente más popular y controvertido del siglo 20, quien ahora paga una condena de prisión domiciliaria por los delitos de fraude procesal y soborno de testigos en actuación penal.
Poder

Álvaro Uribe: ¡Yo me hago moler!

Hoy, cuando el ex presidente Álvaro Uirbe Vélez inicia en prisión domiciliaria la condena de doce años que le impuso la jueza Sandra Liliana Heredia por fraude procesal y soborno en actuación penal, Cambio reproduce la entrevista-perfil que le hizo Patricia Lara Salive, fundadora de este medio, publicada en El Tiempo el 7 de abril de 2002, 39 días antes de que ganara la presidencia en primera vuelta. Esta entrevista, que ahora cobra actualidad, retrata a Uribe de cuerpo entero.

Por: Patricia Lara

“Llame a su papá que voy a echar un discurso” le dijo el niño Alvaro Uribe Vélez, de 7 años, a Fernando Urrea, hijo de don Joaquín, dueño de Leonisa. Cuando apareció, Uribe se trepó en una mesa y pronunció un discurso. Entonces don Joaquín le dijo: ¡Usted como que va a ser Presidente!

Desde niño soñaba con serlo. Llevaba la política en la sangre. Descendiente de Rafael Uribe Uribe, en 1957, a los 5 años, acompañaba a su madre, Laura Vélez, a hacer campaña a favor del referendo para que las mujeres votaran y fueran elegidas. Después ella fue concejal de Salgar, en Antioquia, donde se crió Uribe porque su padre, Alberto, a quien califica de haber sido excesivamente duro con los hijos varones, tenía una finca de café y ganado. Allá obligaba a sus hijos a trabajar durante las vacaciones, de sol a sol.

Hiperactivo, constante, buen estudiante, con alma de empresario, Uribe combinó estudios de derecho en la Universidad de Antioquia, con la creación del restaurante El Gran Banano, que le dio dinero y tuvo sucursales en Medellín, Cartagena y Santa Marta. A pesar de que se dedicó a la vida pública, nunca abandonó dos de sus profesiones de reserva: adiestrador de caballos criollos y buen administrador de fincas. Por eso, una de las primeras cosas que hace a diario, después de trotar una hora y de relajarse con yoga, es llamar al administrador de su hacienda de Córdoba para preguntarle cuánta leche ordeñó, cuántos terneros negoció, de qué peso y a cómo.

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