
La segunda vida de un caudillo: las claves del resurgimiento de Álvaro Uribe Vélez
Álvaro Uribe Vélez, expresidente, exsenador y jefe natural del Centro Democrático
Mientras Iván Cepeda dice que “el enfrentamiento” es con él, Abelardo de la Espriella lo venera y Paloma Valencia sostiene que es su “papá político”. Tras su condena —hace ocho meses—, sus opositores lo daban por acabado, pero hoy vuelve a ser el político más decisivo de la campaña. ¿Cómo lo hizo?
Por: Armando Neira
Tanto en la campaña del candidato del Pacto Histórico como en el Palacio de Nariño, el némesis a vencer en las elecciones presidenciales es el expresidente y exsenador Álvaro Uribe Vélez, de 73 años. “¿Quién es más difícil de derrotar electoralmente, Paloma Valencia o el ultraderechista Abelardo de la Espriella?”, le preguntaron hace unos días al aspirante Iván Cepeda. “Nuestro enfrentamiento es claro: no es con Paloma ni con Abelardo, es contra Uribe”, respondió.
“Paloma también es ultraderecha. No comencemos a hacer ficción ni operaciones de maquillaje o disfraz. Paloma es Uribe. Ella está intentando recubrirse de centro y negar lo que es, pero siempre se le sale el extremismo. En ambos casos estamos ante la misma visión”, argumentó en El País, de Madrid, el líder de izquierda.
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El presidente Gustavo Petro, por su parte, intensificó sus acusaciones contra el expresidente y jefe natural del Centro Democrático como el principal responsable de que sus políticas no avancen, por lo que también llama a sus seguidores a movilizarse en las urnas para derrotarlo.
No solo eso. Petro usa el término “uribista” para descalificar a quien lo cuestione. Hace una semana, lo hizo con el sindicato de la USO de Ecopetrol —que lo apoyó y financió en 2022, pero ahora exige la salida del presidente de la compañía, Ricardo Roa, por sus múltiples escándalos—; y hoy, con los integrantes de la junta directiva del Banco de la República, cuya mayoría —según él— sostiene una “estúpida idea uribista” por su decisión de la tasa de interés.

Los acontecimientos para Uribe desde finales de julio de 2025 hasta hoy han dado un giro de 180 grados. En ese momento, muchos lo creían acabado tras ser hallado culpable por la justicia por soborno a testigos y fraude procesal. Además, se mostraba afectado porque Miguel Uribe Turbay, su joven promesa, luchaba por sobrevivir en una unidad de cuidados intensivos tras un atentado a bala que las autoridades adjudican a las disidencias de las Farc.
Una jueza que hizo historia
Eran los días en los que la jueza Sandra Heredia emitió su veredicto, y Uribe se limitaba a decir que en su caso se estaba cometiendo una injusticia. Tras 11 horas continuas de lectura del contexto que la llevó a tomar su decisión —seguidas por un país en vilo—, la jueza lo declaró culpable de soborno a testigos en actuación penal y fraude procesal. “La justicia no se arrodilla ante el poder. La justicia no ve nombres, ni cargos, ni estaturas”, le dijo ella.
¿Se terminaba así el ciclo del sagaz líder de la derecha? Muchos apostaban que sí. Pero Uribe no es un político más. Es una de las figuras más influyentes de la historia reciente de Colombia. Objeto de idolatría y de rechazo. Ha enfrentado a la justicia y ha mantenido una fuerte presencia en la vida pública desde su paso por la Alcaldía de Medellín en los años 80 hasta sus dos periodos como presidente (2002–2010), durante los cuales lideró la política de seguridad democrática y enfrentó a las Farc sin contemplaciones.
Y aunque su gobierno también estuvo marcado por hechos estremecedores como las ejecuciones extrajudiciales —conocidas como ‘falsos positivos’—, que dejaron al menos 6.402 jóvenes humildes e inocentes asesinados, y por una larga lista de funcionarios investigados y condenados, salió de la presidencia con una popularidad envidiable y una energía intacta.
Desde su marcha de Palacio, Uribe fue el gran opositor del proceso de paz con las Farc liderado por su sucesor, Juan Manuel Santos; encabezó la campaña por el ‘NO’ en el plebiscito de 2016 y ganó, pese a que las encuestas pronosticaban una derrota por amplio margen. Además, se convirtió en el motor de la campaña de su nuevo pupilo, Iván Duque, en 2018, quien alcanzó la Presidencia.

Pese a su influencia, en las elecciones de 2022 el uribismo sufrió un revés: no logró posicionar un candidato competitivo y perdió terreno en el Congreso frente al Pacto Histórico y otras fuerzas políticas. Uribe se vio apagado. No era para menos. La presidencia se definía entre Petro y Rodolfo Hernández y el Centro Democrático pasó sin pena ni gloria.
Su principal rival, Petro, lo había derrotado y se instalaba en la Casa de Nariño. Con su ascenso, se creía que el presente y el futuro estarían marcados por la izquierda y que, por fin, Uribe quedaría para los libros de historia.
La ausencia en la misa de Uribe Turbay
Atrás parecen haber quedado esos tiempos en los que el horizonte se veía oscuro. Han pasado apenas ochos meses desde la condena. Eran tiempos en los que sus fieles temían la debacle, se aproximaban las elecciones y el Centro Democrático vivía una fractura interna. María Fernanda Cabal, Paloma Valencia y Paola Holguín buscaban la candidatura, pero a él no se le veía ánimo. Era evidente que él parecía inclinarse por una opción distinta, pero su situación judicial y el hecho de que, por ejemplo, no pudiera siquiera asistir a la misa en la catedral primada para despedir a Uribe Turbay, lo mostraban opaco.
El partido naufragaba. ¿Quién podría ser la persona que tomara el liderazgo de la colectividad? Iván Duque estaba fuera del panorama y Óscar Iván Zuluaga, quien estuvo a punto de ganar la Presidencia, enfrentaba un proceso judicial que lo sacó por completo del escenario político.
Uribe, entonces, empezó a mostrarse con otro rostro. “No somos izquierda ni derecha; somos una expresión democrática de centro que cree en el equilibrio de la seguridad y la justicia desde el Estado de Derecho”, machacaba. Y se decantó por Paloma.
Pero no es la única opción. Hoy cuenta con dos cartas que le pueden dar otra victoria. Por eso, hay una disputa abierta entre Paloma y De la Espriella por mostrar quién tiene más cercanía con el expresidente. Las tensiones entre ambas campañas dejan en evidencia la ruptura de la derecha y, aunque hay llamados a la unión, eso parece una quimera antes de la primera vuelta.

“Yo a Uribe lo respeto, no hay colombiano como él”, dice Abelardo. “Uribe es mi papá político”, dice Paloma. “Somos dos personas completamente diferentes, pero pensamos igual. No le cambiaría nada al pensamiento uribista; estoy completamente de acuerdo en todo”, insiste el representante de la extrema derecha. “Tengo las manos limpias”, agrega ella, quien, por ahora es la elegida de cara al público.
El hombre de las emociones
La analista política Juliana Ocampo afirma que “lo que ha pasado con Uribe en los últimos años no es tanto un renacer como la demostración de algo más profundo: nunca ha dejado de ser el centro del debate político en Colombia”.
Pero ¿cuál es la clave? Ella recuerda que, incluso en su peor momento judicial, cuando muchos lo daban por terminado, su figura siguió generando algo que en política es invaluable: emoción, lealtad y rechazo.
Uribe entendió —o al menos supo aprovechar— que su proceso dejó de verse por sus seguidores como un tema jurídico y pasó a percibirse como una confrontación política. Ahí está el factor determinante. Para una parte importante del país, no importa lo que ocurra en los tribunales: existe la convicción de que se trata de una persecución. Eso lo blinda y lo saca del terreno de la prueba para llevarlo al de la creencia, donde es mucho más difícil de vencer.

A esto se suma que nunca desapareció. Siguió opinando, marcando agenda y moviendo fichas. Además, su propio sector ha contribuido a mantenerlo vigente.
La candidatura de Paloma no solo recoge su legado, sino que lo mantiene activo como referente. No hay un intento de relevo generacional que implique tomar distancia; por el contrario, hay una reafirmación constante.
Para Ocampo, en este camino Cepeda lo convirtió en su adversario directo, lo devolvió al centro del escenario. Es una jugada entendible: Uribe sigue siendo el símbolo más potente de la derecha, y enfrentarlo le da a Cepeda claridad discursiva y moviliza a su base. El problema es que también tiene un efecto colateral evidente: lo agranda.
Ahí está la paradoja. Mientras más se construya la campaña alrededor de Uribe, más difícil será sacarlo del eje de la política colombiana. Y eso termina siendo funcional para él.
Lo bueno y lo malo de una estrategia
Entre los analistas que le ponen la lupa a la campaña creen que el riesgo para Cepeda es que esa estrategia, aunque le da identidad, puede limitar su crecimiento. Reduce la conversación a un duelo casi personal y deja menos espacio para hablarle a un electorado más amplio, que está cansado de esa pelea. Y al final, en una elección presidencial, no gana quien tiene la narrativa más clara, sino quien logra construir mayorías.
En el fondo, lo que se está viendo no es solo una disputa entre dos figuras, sino la confirmación de que Colombia sigue girando alrededor de los mismos símbolos. “Uribe no solo sigue ahí por lo que hace, sino porque sus contradictores también lo necesitan como punto de referencia. Y mientras eso no cambie, será muy difícil que la política colombiana se mueva hacia otro tipo de discusión”, dice Ocampo.
“Uribe es, para bien o para mal, el político más influyente del siglo en Colombia”, dice el analista Pedro Viveros, quien recuerda que no solo ganó dos veces la presidencia, sino que en ambas ocasiones lo hizo en primera vuelta, un registro que nadie más tiene.
Con su influencia, impulsó a otros presidentes, Santos y Duque. Incluso cuando perdió, siguió siendo una figura central en esas victorias. Es lo que los norteamericanos llaman un kingmaker, es decir, un hacedor de reyes. ¿Lo logrará de nuevo con Paloma o Abelardo?
Hasta ahora, ella es la que está en su corazoncito, como dicen en el Centro Democrático. “Uribe tiene la capacidad de mantener un voto duro de su lado y de maniobrar para atraer a la centroderecha”, dice Viveros. En esta oportunidad, el Uribe de 2026 se aleja del de 2002 y abre su abanico: hoy presenta como viables opciones que podrían representar una fórmula inédita, como una posible primera mujer presidenta y un vicepresidente abiertamente homosexual.
La pregunta es si a Cepeda le sirve mantener este nivel de confrontación enfocado en Uribe. Cepeda necesita a Uribe para impulsar su campaña. En ese sentido, Uribe tendría que mantenerse al margen si se quiere ‘desuribizar’ la discusión.
La disciplina de los seguidores
El analista Gabriel Cifuentes dice: “No creo que Uribe haya renacido; Uribe se ha mantenido. Su base dura está alrededor del 20 por ciento. No ha dejado de ser una figura relevante”.
Para este experto, de hecho, junto con Petro, sigue siendo uno de los actores más influyentes del país. Ha sido clave en la elección de varios presidentes y ha mantenido una bancada disciplinada, capaz de resistir turbulencias políticas y jurídicas sin perder protagonismo.

En un escenario donde la política se define más por alineamientos —continuidad u oposición— que, por programas, Uribe sigue canalizando buena parte del descontento con el Gobierno. Además, su movimiento hacia el centro le ha permitido ampliar su margen de maniobra, ocupando espacios que otros sectores no han logrado consolidar.
¿Uribe de centro? “Ni izquierda ni derecha”, decía en redes en 2017. “Nuestro discurso no es extremista, pero sí definido”.
Por ese camino Valencia emergió como una candidata viable luego de las consultas, cuando De la Espriella ya había conquistado a buena parte de la derecha, y se muestra como más abierta a los consensos y al diálogo entre oponentes.
La política es dinámica, es una sentencia colombiana que resume lo que hoy pasa. La virtud de la estrategia de Uribe, dicen los analistas, radica en que le ha “robado” parte del discurso a la izquierda. Así, quien ha sido tildado como un político retrógrado aparece ahora con una fórmula que algunos consideran progresista, respaldada por su base del Centro Democrático: Una mujer y un gay en el tarjetón. “Alguien dijo que quien no cambia de opinión es un estúpido. Por lo que se ve en el país y en las encuestas, el Uribe de 2026 de eso no tiene nada”, añade Viveros.
“Paloma Valencia representando al centro es el mejor chiste que se ha echado en los últimos tiempos”, refuta Cepeda.
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