
Hablar de morir para intensificar la vida: ¿pueden los psicodélicos ayudar a reconciliarnos con la muerte?
Ilustración para CAMBIO de Kim Vega.
Aunque ninguno de nosotros saldrá vivo de esta Tierra, morir sigue siendo el gran temor de nuestra especie. El enfermero y maestro en drogas y cultura Jaime Vinasco Barco conformó un equipo multidisciplinario que, con los psicodélicos como propulsores, busca que más personas puedan atender, experimentar y hacer las paces con la muerte.
En qichua, la palabra ayahuasca puede traducirse como la liana que conecta con el lugar de los muertos. Y Jaime se colgó de esa liana poco tiempo después de que un infarto fulminante matara a su papá, y su mamá, deprimida, se quitara la vida. Conocida popularmente como yagé, la planta le ofreció la posibilidad de hablar –en ese otro tiempo y otro espacio– una vez más con ella, para cerrar pendientes, despedirse y cauterizar heridas.
La lucidez y ecuanimidad que el uso terapéutico de la ayahuasca le pusieron en las manos para enfrentar las pérdidas con una lucidez y ecuanimidad insospechada, marcaron su camino: permitir que muchas más personas accedan a las bondades de los psicodélicos y las plantas medicinales para sumergirse en las profundidades de la experiencia de la muerte.
Que hablar de la muerte es hablar de la vida es una de las consignas fundacionales del equipo de 36 especialistas de distintas disciplinas –psiquiatras, terapeutas, académicos, enfermeros, psicólogos– que conforman la Fundación ConscienciaVIBA, en cuya sede en Guarne, Antioquia, desde hace seis años, la ciencia y la espiritualidad se funden para mirar de frente al gran miedo de nuestra especie. Con la sospecha de que, como dijo San Agustín, quien muere antes de morir, en realidad nunca muere.
Doctor en Ciencias Sociales con énfasis en cannabis medicinal del Colegio de la Frontera Norte en Tijuana, maestro en Drogas y Cultura de la Universidad de Caldas y enfermero de la Universidad de Antioquia, Jaime Andrés Vinasco Barco, cofundador de la Fundación ConscienciaVIBA, en diálogo con CAMBIO, ahonda en las posibilidades, riesgos y protocolos de los psicodélicos como canales para hablar de lo inefable.

CAMBIO: ¿Desde cuándo empezó su interés por los fármacos y las medicinas?
Jaime Andrés Vinasco: Desde pequeño, en Riosucio, Caldas, mi familia tenía farmacias y boticas en las que preparaban remedios caseros y fórmulas, lo que me conectó con esos temas. Más adelante estudié enfermería influenciado por un primo enfermero que, para tratarse un problema renal, se hacía él mismo las diálisis. Eso me inspiró mucho para trabajar en ese campo sanitario desde un lugar asistencial.
CAMBIO: ¿Y cuándo esa vocación asistencial se dirigió hacia el ámbito de la muerte?
J.A.V.: Mientras estudiaba la maestría de Cultura y Drogas en la Universidad de Caldas, un profesor que supo sobre la muerte de mi papá y el suicido de mi madre en tan poco tiempo me recomendó tomar yagé con el propósito de armonizar lo que estaba viviendo. Esa fue mi primera experiencia con una disposición terapéutica con psicodélicos. Fue realmente especial.
Tuve una suerte de diálogo telepático con mi mamá –pues en ese encuentro no hay lenguaje, es un diálogo como en los sueños– que me ayudó a cerrar pendientes con ella. Por el asombro que me generó la profundidad y lo alivianador de la experiencia, me determiné a formarme para poner a disposición eso que había vivido con respecto a todo lo que orbita la muerte: la angustia por un diagnóstico que amenaza la vida, el duelo, la aceptación cultural, la pérdida de las personas que amamos.
CAMBIO: ¿Así nace la idea de crear su fundación?
J.A.V.: Al terminar la maestría en la Universidad de Caldas, hice otra maestría en Ciencias sociales en la Universidad de París, un diplomado en Estados expandidos de conciencia en Barcelona, un doctorado en el Colegio de la Frontera Norte en Tijuana; y me fui a viajar por todo Asia. Las cosmovisiones con las que me encontré me ampliaron mucho el panorama. Pero me quedé sin plata y fui a dar a Nueva York, en donde está el dinero (risas). Allá conocí a una mujer espectacular, que fue mi pareja y se montó en el sueño de volver a Colombia para guiar a las personas a enfrentar lo que más nos aterra.
CAMBIO: En concreto, ¿cuáles son los psicodélicos con los que tiene una relación especial.
J.A.V.: Tengo una relación espiritual profunda con el yagé, una relación psicológica profunda con el LSD y una relación –que podría llamar tanática– de autoexploración y autoconocimiento de la muerte con la ketamina.
CAMBIO: A pesar de que el uso de psicodélicos está en la cotidianidad de muchas personas, siguen estando en el clóset y son muchos los estigmas que los rodean. Sobre sus usos terapéuticos, es habitual oír que todavía no hay suficiente evidencia científica de sus bondades curativas. ¿Es válido este argumento?
J.A.V.: Yo creo que, en este momento, la evidencia científica no es poca. Es más, te diría que quienes estamos en la frontera del conocimiento tratando de hacerle seguimiento a estos temas no tenemos la capacidad de registrar y analizar la cantidad de investigaciones que se publican. Cientos de artículos por día que evidencian su uso provechoso para tratar múltiples trastornos. Basta con entrar a cualquiera de las bases de datos importantes y poner la palabra psilocibina en relación con el tabaquismo, la depresión, el trastorno obsesivo compulsivo, el alcoholismo.

Es verdad también que hay mucho ruido y evidencia de muy mala calidad, amarillismo, noticias light. No te voy a negar que esto se ha convertido en una moda. Pero como dicen los sufis: donde hay oro falso, hay oro verdadero.
CAMBIO ¿Hoy sabemos a ciencia cierta qué pasa en nuestro cerebro al usar psicodélicos?
Esta es una pregunta compleja. La ciencia ha avanzado de forma increíble para evidenciar los efectos de los psicodélicos en los ámbitos neurobiológicos y psicológicos. Hoy podemos ver en un laboratorio la diferencia de estimular una neurona con solución salina y con DMT, que genera que a las neuronas le salgan ramificaciones. Hablamos no solo de neuroplasticidad estructural, que es cuando aparecen nuevas neuronas o partes de estas, sino de neuroplasticidad funcional: que es cuando las neuronas existentes se conectan entre sí de formas inéditas y distintas. Pero hay un tercer mecanismo de acción y medición, el fenomenológico, que no se rastrea biológicamente pero que es innegable. Me refiero a la experiencia de la persona con el fenómeno, que es innegable. Si yo te pregunto cuándo fue la primera vez que te enamoraste, puede que no haya ningún indicador biológico, pero la experiencia está ahí, o no seríamos humanos.
CAMBIO: El gran temor social es la asociación entre psicodélicos y adicción…
J.A.V.: Acá me gustaría ser muy claro en que nuestro acompañamiento es responsable, medido y muy riguroso. Sabemos que así como hay gente que se come las uñas hasta destruirlas, hay otros que toman yagé destructivamente. Las sustancias que usamos en la fundación no son adictivas, es decir, no crean un compromiso fisiológico adictivo en las personas. Pueden generar tolerancia, pero no adicción. Y es que la experiencia que buscamos, que no son con dosis bajas ni medias sino altas, es profunda y va mucho más allá del placer. Nadie quiere estar en ese estado por mucho tiempo. Los psicodélicos son una herramienta para integrar un trabajo y una reflexión que empieza y termina después de tomarlos.
CAMBIO: ¿Cuáles son esas sustancias y que características terapéuticas tienen?
J.A.V. Trabajamos con hongos psilocibios, que por lo general permite una experiencia avasalladora. Si bajo su efecto se te presenta la muerte, no puedes ni chistar, te lleva. Y también con la ketamina y la ayahuasca, que son sustancias más negociadoras y menos confrontadoras. En ellas te encuentras con una experiencia semejante a estar muerto, pero puedes decir “está bien, me voy a rendir, me voy a dejar llevar en calma”.
CAMBIO: Dijo que la experiencia empieza y termina después del viaje psicodélico. ¿Cómo es la preparación y protocolo?
J.A.V. Las sustancias son solo propulsores. Lo que procuramos antes es una preparación exhaustiva para que la persona pueda entregarse, rendirse. Si hay un ego muy fuerte, la experiencia va a ser de pelea, de resistencia, y el paciente no la va a pasar bien. A diferencia de la idea que se cree, de los gallinazos en los hombros en las visiones, lo que hacemos no es llamar la muerte, no es invocarla: el trabajo está en prestarle atención al miedo más grande que tenemos como humanos. Las personas que buscan a la fundación, antes de cualquier experiencia, se preparan por un mes, con acompañamiento terapéutico, de alimentación, de meditaciones guiadas para prepararse en serio.
CAMBIO: ¿No hay personas a las que no les hace bien este tipo de terapias?
J.A.V.: Mira, cada caso que nos llega pasa por una junta médica en la que, a partir de información completa de la persona, antecedentes, trastornos, estado actual, etc., tomamos la decisión de acompañamiento que mejor le convenga. Y todo esto en un diálogo horizontal, pues queremos volver a la salud comunitaria y desmontar ese trato transversal del paciente en un rincón obedeciendo al médico. Es una conciliación consciente e informada. Nosotros incentivamos la elaboración sobre la muerte, que puede darse perfectamente sin psicodélicos de por medio.
CAMBIO: ¿Cuál es el trato diferenciado con personas con diagnósticos terminales?
J.A.V.: Hay un concepto muy bonito, el de dolor total, que implica el dolor físico pero también el dolor existencial de la persona. Lo ideal es que los cuidados paliativos tradicionales con su botiquín químico y de opioides cubran el ámbito del dolor físico. Nuestro acompañamiento se enfoca en el dolor existencial, el temor, la aceptación, la relación con la muerte. Y lo que siempre pasa es que, al aliviar el dolor existencial, los pacientes empiezan a tener menos dolor físico y por ende a necesitar menos morfina. Nuestra labor va mucho más allá del acompañamiento con psicodélicos. En muchos casos, las personas que están a punto de morir y sus familiares no necesitan saltos mortales ni pirotecnia. Saber cómo sostener la mano, el miedo, entender el ruido de los pulmones cuando la muerte es inminente, saber cómo acompañar a un cuerpo que biológicamente está colapsando…
CAMBIO: ¿Y con los jóvenes y bellos que también queremos pensar sobre la muerte?
Nos rige la premisa de que hablar de la muerte es hablar de la vida. Tú y yo, jóvenes, sanos, somos moribundos potenciales. La muerte está ahí, para todos, y por eso atendemos desde enfermos terminales hasta jóvenes. Antes de la experiencia con los psicodélicos le pedimos a las personas que hagan ejercicios como un testamento para sus padres, o que hagan una despedida simbólica con sus animales de compañía, o que se vayan a dormir con la conciencia plena de que es su última noche. De nuevo, lo que nos interesa es reflexionar profundamente sobre la muerte.
El motor real de este trabajo es que las personas salen de nuestro acompañamiento con ganas de vivir, de ir a abrazar a quienes aman. Es hablar de la muerte para intensificar la vida.
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